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Viva Wisconsin

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Oviedo 27.02.2020

 

En comparación con cualquiera de mis colegas melómanos, mi historial juvenil de conciertos se encuentra próximo al cero absoluto. No viene a cuento que explique porqué, ni que trate de justificarme diciendo que al menos estuve en Rockola cuando tenía 16 años, que es una de las pocas medallas de cierto valor que puedo alegar. Tal vez me anime otro día a contar mis borrosos recuerdos de aquella noche en la sala madrileña. Lo que hoy me ha venido a la cabeza y me ha animado a escribir es el recuerdo, no mucho más nítido, del concierto de Violent Femmes en el Campus de UMass at Amherst en 1990, estando yo por allí haciendo no sé muy bien qué, pero relacionado con la tesis doctoral que parí cuatro años después en Oviedo. Los Violent Femmes iban entonces por su cuarto álbum, el último de ellos titulado 3. Por tanto, una banda entrada ya en una relativa veteranía, pero, al menos en América, todavía básicamente activa en el circuito indi ligado a las radios y los campus universitarios. 
 
Yo fui fan incondicional de Violent Femmes desde su primer disco, por tanto desde 1983; un disco, por cierto, que no debería faltar en lo más alto de ninguna lista que se precie con lo mejor de aquella década (y otras) [1]. Me sigue ocurriendo que cada vez que paso por la Calle del Peso de Oviedo, siento la tentación de ir a ver la portada de ese disco en el escaparate de la mínima tienda que allí hubo a principios de los ochenta (Discos 3), una de las poquísimas en que era posible comprar discos de los llamados sellos independientes. Como casi siempre en aquel tiempo, el de Violent Femmes tardé en poder comprármelo. Aquel escaparate era para mí la mayor de las torturas y poder gastarme las propinas que buenamente me daban en casa en algún disco el mayor de los placeres imaginable. El disco me sigue gustando como cuando era solo una ambición al otro lado de aquella cristalera. El sonido a latas, alambres y tabla de lavar de los primeros Violent Femmes sigue resultándome irresistible.

En los años ochenta y noventa, UMass at Amherst era, en el imaginario de cualquier joven norteamericano, una especie de meca y arquetipo del desmadre universitario. Los Pixies, residentes en la cercana Boston, le dedicaron en su álbum de 1991 (Trompe le Monde) una de esas canciones suyas que quitaban el hipo [2]. La canción capta a la perfección el curioso cóctel de bucolismo rural, contestación intelectual y desenfado juvenil que concurrían en aquel enclave en que el descomunal río Connecticut divide en dos partes el estado de Massachusetts. Allí pasaban cosas, qué duda cabe.

Mi recuerdo del concierto de los Femmes es, más que difuso, extraño: no recuerdo haber estado en un concierto de Violent Femmes, sino observando un concierto de Violent Femmes. Es decir, si estar en un concierto, como aquel, al aire libre, debería parecerse a algo así como la imagen de la izquierda, mi recuerdo, en cambio, se corresponde más con la imagen de la derecha. Me recuerdo más como un observador que como un verdadero asistente a una fiesta.

 

Supongo que tenga que ver con que estaba solo. No sé porqué; aquel año, que fue el primero de una serie de tres en que pasé parte del año en UMass, había hecho buenos amigos. El caso es que estaba solo, el concierto era a eso del mediodía y el ambiente era como de picnic masivo: manteles sobre el césped, cestas de merienda y neveras portátiles bien provistas de cerveza (aunque ahora que lo recuerdo, en el Campus estaba muy rigurosamente prohibido el alcohol, era motivo de expulsión, directamente). A quien le apetezca hacerse una idea de cómo sonaban los Femmes por aquella época, puede hacerlo escuchando la grabación recogida en el disco del que he tomado prestado el título (Viva Wisconsin), aunque es algo posterior. Pero el espíritu era ese.

 

Y poco más puedo decir. Nada del otro mundo, lo sé, aunque no anuncié que fuera a contar nada especialmente excitante. Más bien lo contrario. De todos modos, la razón que me ha llevado a recordar todo esto fue que me apetecía escribir sobre Victor DeLorenzo, el primer percusionista del grupo y, por tanto, artífice muy especial de su sonoridad única. Si el trío Violent Femmes fuesen unos Reyes Magos (lo fueron, en realidad) y todos tuviésemos que escoger nuestro favorito, el mío habría sido claramente DeLorenzo. DeLorenzo había iniciado una carrera solitaria paralela en 1990 y en 1993 decidió dedicarse a ella en exclusiva. Los Femmes, una decena de discos y varios percusionistas después, siguen adelante en relativa buena forma musical.

A Victor DeLorenzo no es tan fácil seguirlo. La enciclopedia Allmusic le atribuye cuatro álbumes, aunque en su página personal aparece alguno más. Antes de formar los Violent Femmes ya trabajaba como actor y parece que ha conseguido desarrollar una carrera en el teatro y, en mucha menor medida, en el cine. Por lo que se refiere a su música, tan solo he conseguido escuchar su primer disco, de 1990, además de alguna canción suelta de uno de los discos inmediatamente posteriores y algunas cosas recientes disponibles en plataformas digitales. Nada de lo último me ha parecido digno de especial atención. Sin embargo, aquel disco de 1990, titulado Peter Corey Sent Me, vale realmente la pena. DeLorenzo no reniega en él en absoluto de la sonoridad característica de los Femmes, pero se abre a otras, con mayor o menor acierto, que sin duda no tendrían cabida en un disco de estos. La idea de desarrollar una carrera propia en paralelo a la de la banda estaba, pues, justificada. Sin embargo, lo que DeLorenzo parecía querer explorar al margen de Brian Ritchie y Gordon Gano no daba para sostener una carrera en solitario con alguna frescura más allá de uno o dos discos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Casi seguro que el propio DeLorenzo era consciente de ello, porque, ya en los dos mil, volvió a unirse al grupo, en dos ocasiones diferentes, para dar algunos conciertos y, la segunda de ellas, dispuesto incluso a grabar material nuevo. No llegó a suceder. Seguramente por lo que Brian Ritchie calificó en una ocasión como el creciente mal gusto de Gordon Gano y su sentido de la propiedad sobre todo lo que había hecho la banda. El último alejamiento del grupo por parte de DeLorenzo fue acompañado de una declaración en que decía lo siguiente: "It's always hard to write a eulogy for a lost loved one. In this case, I sadly lament the loss of a dream and an ideal that was once Violent Femmes".

Violent Femmes nunca habrían sido lo que fueron sin las composiciones de Gordon Gano, es cierto, pero tampoco  sin la sonoridad única que entre los tres componentes originales fueron capaces de inventar. Y, muy especialmente, si se me permite el juicio, a este añadido mágico que DeLorenzo nunca quiso dejar de lado en su equipo de percusión, para que la banda siempre siguiera sonando conforme al ideal callejero con que habían soñado (la foto es un robado de la página de DeLorenzo).

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