1984

Maniobras espectrales en la oscuridad

Por qué amar a Eduardo Benavente

A  propósito de: Víctor LENORE. Espectros de la movida. Por qué odiar los años 80. Madrid: Akal, 2018.

Fui adolescente y me asomé a la mayoría de edad en los años ochenta, y por alguna razón le tenía miedo a este libro. Lo comencé convencido de que su lectura me tendría en un vilo constantemente defensivo, de que iría dirigido a adolescentes ochenteros como yo a los que se nos reprocharían cosas que no iban a gustarme. Y, hasta cierto punto, es así. El libro habla de todos aquellos que transitamos los ochenta entre, por poner mi caso, los catorce y los veinticuatro años. Y es un reproche mayúsculo. Pero en una dirección bastante diferente a la que sospechaba.

Nunca he sido capaz de votar al PSOE, ni en aquellos años ni después, porque para mí, como para tantos otros de mi generación, el PSOE significó la pérdida de la inocencia democrática, el descubrimiento amargo de que el régimen de libertades recién estrenado no sería exactamente aquello que habíamos imaginado. Mi voto fue ‘no’ en el referéndum de 1986, mi primera visita a un colegio electoral, que el PSOE planteó primero como un referéndum de salida y convocó después como uno de entrada en la OTAN. Francisco Javier Solana Madariaga, que llevó la voz cantante del partido en todas las etapas de la farsa, acabaría siendo secretario general de la organización durante un lustro. De todos modos, creo que me deslicé por aquella década de lavado cerebral masivo sin salir del todo mal parado. Si descontamos, claro, la desilusión y la depresión generales con que vivo desde entonces todo lo que tiene que ver con la cosa pública. Lo prefiero así. Me alegra no haber sido nunca seducido por los hechizos de Felipe González, no haber aceptado que ETA hacía bueno al GAL, o que a la corrupción se le hace la vista gorda o te hace poner el grito en el cielo según quien la practique.

 

En términos generales, estoy de acuerdo con la tesis básica del libro de Lenore. El tinglado cultural que hoy aún se reconoce elogiosa y nostálgicamente como ‘la movida’ fue, en realidad, poco más que un decorado: el decorado con que el PSOE edulcoró, sufragando manifestaciones artísticas rayanas en lo estrambótico y respaldando comportamientos públicos superficialmente libertinos, su entrada en la vereda del neoliberalismo y demás obligaciones asociadas; su vociferación, en palabras próximas a las de Víctor Lenore, de estilos de vida plurales, pero sin cuestionar las estructuras del poder económico. No tengo objeción alguna en suscribir esta sencilla frase, que resume eficazmente el libro: “la movida no fue la efervescencia que sigue a la caída de Franco, sino una continuación de las políticas culturales y turísticas de Manuel Fraga” (p. 25).

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Empecé a escuchar música española, exactamente, en 1980, pero prácticamente dejé de hacerlo en 1984. No porque mi gusto por la música decayese. Muy al contrario, se fue multiplicando con el tiempo. Sin embargo, creo que ese año de 1984 marcó un punto de inflexión, el momento en que los mejores grupos desaparecían y los que se quedaban se entregan a la banalidad. Pienso, por tanto, que hubo un período, ciertamente mínimo, pero de verdadera creatividad musical y artística en la década, que en parte se perdió sin más y que en parte mutó en la llamada ‘movida’. Lo que sucedió en esos pocos años (tal vez, de 1977 a 1984) merecería otra consideración y otro nombre.

 

He aquí algunas evidencias de mi tesis, empezando por el plano musical. Alaska y los Pegamoides dejan de existir en 1983, llevándose consigo la Kaka de Luxe que aún llevan dentro. El segundo disco de Alaska y Dinamara, masivamente exitoso en 1984, es (pido disculpas) una porquería. Todo lo que grabó Parálisis Permanente, sin excepción, fue extraordinario. Eduardo Benavente muere en 1983 (¡Viva Edurado Benavente!). Décima Víctima, como la niebla que envuelve a sus maravillosas canciones, se disuelve silenciosamente en 1984. Los geniales Alphaville (que no merecen mención en el libro), cierran ese mismo año su actividad por el resto de la década. Branquias bajo el agua (1982) contiene tres canciones cada cual más genial. El posterior LP de Derribos Arias, de 1983, es en cambio (lo siento de nuevo) un pestiño. Si alguien me dice que el primer LP de Aviador DRO está a la altura de su anterior maxi (Programa en espiral), aunque ambos de 1982, le diré que está enfermo (no hacen falta mayores comentarios sobre la odiosa producción de Julián Ruiz de Selector de frecuencias). El segundo LP de Siniestro Total me entusiasma casi tanto como el primero. El tercero, de 1984, ya es prescindible. Los dos primeros discos de Ilegales son, sencillamente, geniales. El tercero (1985) no consigo recomendarlo con el mismo entusiasmo. La Mode se vuelve insufrible después de su segundo LP (1984, 1984). El infierno debe de parecerse mucho a escuchar un loop infinito de las canciones de Gabinete Caligari a partir de sus Cuatro Rosas (1985), incluidas estas. A Radio Futura, de acuerdo, se les puede escuchar hasta 1985. Pero nada más: a partir de ahí, caída en picado hacia un vacío caribeño. Más o menos como Danza Invisible, o Los Coyotes. Y así sucesivamente (omito a quienes siempre fueron simple bluff: Almodovar & McNamara, Peor Imposible, etc.).

En el plano político, el PSOE ganó las elecciones en 1982. Un par de años de preparativos (estas cosas se apuntan a presupuestos, los presupuestos pasan por largos y complejos trámites administrativos, etc.), seguramente es un período razonable para montar un tinglado de la magnitud del que denuncia Lenore. En 1984, de hecho, la visibilidad de la movida alcanza máximos a través del programa de TVE La bola de cristal. Una bola de cristal que, por cierto, se le fue de las manos a los jerarcas del ente público, que decidieron suspender el programa cuatro años después. El director de TVE por aquel entonces se llamaba Luis Solana Madariaga. Suenan estos apellidos, ¿verdad? El otro Solana Madariaga es ministro de Cultura del 82 al 88 (además de futuro secretario general de la cariñosamente rebautizada Alianza Atlántica). Todo cuadra, más o menos.

Salvo por el pormenor cronológico que acabo de oponerle, el resto de la visión socio-política de Lenore me parece, en general, inapelable. La musical, en cambio, flojea. Lo más vulgar de Gabinete o Radio Futura a Lenore le parece lo mejor de su producción musical, mezcla sin empacho a Martirio, cuyo primer LP es de 1986, con Eduardo Benavente (¿y, ya puestos, por qué no Paco Clavel?), etc., etc. Tal vez se haya tomado demasiado al pie de la letra el concepto de ‘década’, algo tan generalizada como injustificadamente asumido por todo tipo de crítica cultural, como si el que un año acabe en cero sea como un santo y seña que convoca el despertar de una nueva camada de artistas, que ya será una y la misma hasta que se diluye mágicamente a los diez años.

Mi impresión personal es que los aires del punk y el post-punk británicos llegaron a España casi en tiempo real (la actividad de Kaka de Luxe arranca el mismísimo 1977), pero que todo aquello cortocircuitó muy pronto, tan pronto como en 1984, el año de Deseo Carnal, Cuatro Rosas, de la aparición de Duncan Dhu… en fin, de tantas cosas que, supongo que a mí como a muchísimos otros jóvenes, nos hizo dar la espalda a la música española precisamente aquel año, tan fresco en mi memoria porque fue mi primer año universitario.

Mi punto de divergencia con Lenore es, pues, que algo que surgió por generación espontánea, como casi todo lo que vale la pena, degeneró (no espontáneamente) en manos de intereses políticos en todo tipo de estamentos oficiales, muy al estilo de lo que se ha perpetuado, independientemente del color, bajo la rimbombante etiqueta de ‘animación sociocultural’. Pero lo que sucedió entre el 77 y el 84, repito, merecería otro tratamiento y, también, otro nombre.

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La versión de Lenore es una de las tantas teorías que circulan sobre qué y por qué sucedió en Madrid lo que sucedió en la década de los ochenta. Para el recordado Juan Cueto, por ejemplo, lo que allí ocurrió entonces fue simplemente lo mismo que sucedió en otras grandes metrópolis… aunque allí (Londres, Roma, Tokio…) veinte años antes. No fue una eclosión posmoderna, acorde a la altura de los tiempos, sino más bien la toma de conciencia tardía (tardomoderna, decía Cueto) de una urbe que se retrasó dos décadas en asumir la compleja y diversa condición de metrópoli. En sus propias palabras:

Lo que ocurrió en Madrid […] no fue provocado por la abrupta irrupción del fenómeno pos, sino por la tardía implementación del fenómeno pop. (Cuando Madrid hizo pop. De la posmodernidad a la globalización. Gijón: Trea, 2011; p. 224)

Es posible que los dos, Lenore y Cueto, tengan razón. La versión de Lenore tiene el encanto añadido, ese algo paranoico e inevitablemente atrayente, de las teorías conspiratorias. Pero teniendo en cuenta mi convicción de que el año 84 marca un antes y un después, creo que hay espacio más que suficiente para la verdad de ambos.

Lo que cuenta Lenore es en realidad, desde hace tiempo, un runrún. Jesús Ordovás, hacia el que no siento otra cosa que agradecimiento, se defendía así, en conversación con el más anguloso Diego Manrique, de su presunta participación en la trama:

Quieren explicar la movida como no sé qué conspiración del PSOE contra el rock proletario. Bastante absurdo, los primeros concursos de grupos en Madrid los montó UCD. Allí salían las propuestas más frescas por el apoyo de unos pocos críticos y periodistas; los grupos duros ya tenían su discográfica, su circuito, sus locutores que intentaban llevarse una tajada. Luego, es cierto, quedaron eclipsados por la movida, pero es un fenómeno de renovación que, aunque resulte cruel, siempre pasa en la música pop. (El País Semanal, 28.11.2018)

La denuncia de Lenore, pues, viene de lejos, Él le ha dado forma y consistencia como nadie hasta ahora.

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Esta es una licencia de cultura libre.

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