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Turismo accidental

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Macon detesta viajar. Sin embargo, como una especie de barbero sin vocación que se corta a disgusto su propia barba, se gana la vida escribiendo guías de viaje: guías de viaje para personas que detestan viajar. A Macon, desde la muerte de su hijo y su consecuente divorcio, lo único que realmente le gusta es estar en el caserón inmaculadamente ordenado que comparte con su pareja de hermanos solteros, quienes sobrellevan como mejor pueden todo un kit de desórdenes obsesivo-compulsivos practicando un radical sedentarismo hogareño. Para quien pueda no conocerlo, Macon es Macon Lary, protagonista de ese estupendo libro de Anne Tyler y de esa maravillosa película de Lawrence Kasdan titulados, ambos, The accidental tourist.

El turista accidental es, en cierto modo, el reverso del superhombre nietzscheano: alguien a quien aterra tener que replantearse una y otra vez ese ir y venir de mudas, neceseres, mochilas, libros y dispositivos electrónicos, trasegando de aquí para allá, sin más destino que retornar siempre al lugar de partida. Y, pese a todo, viajar es algo así como un imperativo categórico para el ser humano. Incluso para el turista accidental.

Ahora bien, se equivoca quien pueda pensar que existe una sola manera de viajar, una especie de forma monopolística que anula cualquier otra forma de hacerlo. Pues no. Del mismo modo que ese anti-Nietzsche mexicano que era El Chavo del Ocho afirmaba que sus travesuras las hacía sin querer queriendo, también se puede salir de viaje viajando sin viajar. De hecho, el turista accidental tiene hoy a su alcance una amplísima gama de alternativas para satisfacer el imperativo que lo impulsa a salir de casa sin tener que levantarse de su cómodo o incómodo sofá.

Se viaja viendo series, documentales, docuseries, realities, concursos, juegos de vídeo (¿aún se llaman así?; casi seguro que no)… Yo conocí Suecia de la mano de Pippi Långstrump y la isla inexistente de Mompracem con Sandokán. Y ahí está la Champions (Turín, Tiráspol, Odense…) y, en esa especie de esperadísimos años bisiestos, los Mundiales (con su característico olor a podre) y los Juegos Olímpicos (Sapporo, Río, Lillehammer, Seúl…, en sus versiones de verano e invierno, playa y montaña, como debe ser para complacer a todas las sensibilidades), tan lejos ya de los ideales de nobleza que quisieron imprimirles sus fundadores, pero aptos para el turismo accidental como muy pocas actividades. Y, en fin, los momentos estelares del circuito profesional de bádminton se juegan en lugares como Singapur o Tailandia, los de pádel en Argentina y Portugal y los de petanca en Francia y Madagascar, competiciones todas con su canal monográfico (o tres cuartos de canal poligráfico) en cualquier plataforma audiovisual que se precie.

También se viaja leyendo, claro. Todo tipo de libros, también guías de viaje, aunque yo creo que solo vale la pena leer la de lugares que uno crea estar seguro que nunca va a visitar (pero nunca se sabe). Esa es la razón por la que, hace ya muchos años, me compré el Lonely Planet Travel Survival Kit que incluía las guías de Groenlandia y las Islas Feroe (y me gasté, al mismo tiempo, un pastón en una preciosa gramática del feroés). He conocido la ciudad de Sitka, Alaska, gracias a El sindicato de policía yiddish (Michael Chabon) y los pueblos más silenciosos de Sicilia en los libros del inolvidable Leonardo Sciascia. He estado en el terrible San Pedro de Lahuaymarca, Perú, leyendo Todas las sangres (José María Arguedas), en Trieste, guiado por La conciencia de Zeno (Italo Svevo), y en un México salvajemente detectivesco con los detectives poetas de Los detectives salvajes (Roberto Bolaño). Etc., etc. Quien pueda dudar de la efectividad turística de un buen libro, podrá salir de su error con guías de cuidades librescas tan sorprendentes como el Retrato de Nueva York. La cuidad de los espejos, que Chus Fernández basa en La Trilogía de Nueva York de Paul Auster. O París-Buenos Aires. Trazando la rayuela o Ulises. Guía para lectores primerizos de la novela de James Joyce, de los mismos editores (Aventuras Literarias). Entre muchos otros, claro.

Si el lector no es del todo perezoso y el viajero no del todo ajeno a otras curiosidades, y si uno y otro son la misma persona, descubrirá que la lectura puede potenciar la experiencia viajera dotándola de cualidades únicas. Yo, al menos, soy consciente de que no podría haber leído La broma infinita (DFW) con la claridad y la intensidad con que me relacioné con cada una de sus escenas si no hubiese conocido previamente sus escenarios. En el fondo, creo haber vivido con más intensidad el Boston de La broma infinita que el Boston en que viví semi-deprimido durante más de un año (antes de partir, también leí aplicadamente Las bostonianas y, por más que mi amigo G. no escatimase risas y burlas al respecto, encontré jirones de aquel Boston de médiums y sufragistas extrañamente vivos en muchos rincones de la ciudad).

Y, por supuesto, existe la música minúscula, que nos invita a viajar con los ojos cerrados.

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