Continuidad radical inversa

Childhood is not from birth to a certain age and at a certain age

The child is grown, and puts away childish things.

Childhood is the kingdom where nobody dies.

Edna St. Vincent Millay

Radical continuity
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El generativismo ha asumido mayoritariamente una tesis de continuidad que sostiene que entre las gramáticas infantil y adulta no existe un corte cualitativo: los mismos tipos de unidades, categorías, reglas o principios aplicables a la descripción de unas lo son también a las de las otras de manera no forzada [1]. La tesis se ha visto reforzada en los últimos tiempos a través de la idea de que los “errores típicos” del habla infantil suelen no ser “errores” desde la perspectiva de una u otra gramática adulta y también a través de la observación de que las variantes patológicas infantiles (no disruptivas) siguen atendiendo a los principios más profundos que inciden en la organización de las gramáticas [2]. No voy a lanzar un órdago a la tesis de continuidad [3]. Quiero, de todos modos, ponerla patas arriba. De entrada, porque su formulación habitual adopta una perspectiva equivocada.

Pinker formula así el supuesto (la traducción es mía):


En ausencia de evidencia convincente en sentido contrario, las reglas gramaticales del niño deben consistir en el mismo tipo básico de reglas y constar de símbolos primitivos de la misma clase que las reglas gramaticales atribuidas a los adultos en la investigación estándar. [4]

De acuerdo con esta formulación, son las gramáticas infantiles las que, programática o hipotéticamente, se acomodan (deben acomodarse) a las adultas. Se trata de un ejemplo flagrante de adultocentrismo y algo sin cabida posible en cualquier tipo de modelo de desarrollo biológico, incluido el cognitivo [5]. Son las formas infantiles las que evolucionan hacia versiones adultas del mismo tipo de formas (de ser correcto el supuesto continuista), de modo que son las primeras, en todo caso, las que pueden constreñir, como un molde de partida, a las segundas. El lenguaje adulto puede ser (asumiré que es) una versión del lenguaje infantil, pero nunca al contrario.

Mi posición continuista inversa (infantocéntrica, si se quiere) es, además, radical en el siguiente sentido. Los estudios empíricamente más informados sobre la progresión del niño hacia la sintaxis muestran que no parece existir una única ruta que todos sigan por igual. Elizabeth Bates y sus colaboradores, por ejemplo, establecieron la existencia de diferentes “estilos” de aprendizaje infantil de la sintaxis, un inventario de trayectorias que identifica, entre otros: un estilo altamente nominalizador y telegráfico, pero variado, en algunos niños; un estilo, en otros, basado en pivotes o construcciones parcialmente hechas en los que van teniendo cabida elementos variables; un estilo altamente imitativo en algunos casos, que contrata con uno más dialógico en otros, etc. [6]. La idealización del “dispositivo de adquisición del lenguaje” (DAL) que se encarga de dar sentido al insuficiente estímulo entrante consultando, aplicando y ajustando un libro de instrucciones gramaticales universales resulta un tanto grosera ante tal diversidad de estrategias. De todos modos, la lección que me interesa extraer de esta diversidad de maneras de adentrarse en la pericia combinatoria que entraña el uso del lenguaje es otra, que quiero amparar bajo el paraguas de un continuismo inverso y radical. Ante la evidencia de que no todos los niños confrontan la tarea del mismo modo, ¿no deberíamos asimismo ponderar la posibilidad de que pueda ser también el caso que los adultos confronten las tareas de producción y comprensión de señales lingüísticas provistos de medios no trivialmente divergentes?

La idealización del dispositivo que parte de un estado de conocimiento parcial y alcanza un estado estable de conocimiento convergente con la gramática del lenguaje con que entra en contacto parece dar respuesta a diferentes problemas de aprendibilidad que de otro modo serían irresolubles. Fundamentalmente, permite superar el obstáculo que supone que el lenguaje sea infinito y se muestre muy fragmentariamente, así como que la convergencia se obtenga en un tiempo limitado, relativamente corto y de manera uniforme en las diferente situaciones de aprendizaje. Es razonable que la tesis del DAL, en su diferentes versiones, haya podido convertirse en ortodoxia. La tesis de que las trayectorias de aprendizaje y los estados estables a los que conducen puedan ser no trivialmente divergentes y, más aún, que lo que en dichos estados se estabiliza no sea propiamente una gramática completamente convergente con el lenguaje circundante, es claramente un tesis incompatible con aquella. ¿Por qué habría de merecer la pena explorarla?

Lo explica lúcidamente Paul Feyerabend [7]. La ortodoxia consigue establecerse a través de un proceso largo y costoso. Su perdurabilidad se justifica, en buena pedida, por la razón práctica de dar el mayor rendimiento posible a aquel gasto. Por esta razón, los datos que la contradicen serán recibidos con escepticismo, anotados como puramente marginales o acomodados al marco dominante, si es posible, con algún ajuste de mínimo alcance. Así, la constatación de que diferentes hablantes juzgan de modo diverso la misma secuencia, que un mismo hablante también lo hace de una a otra ocasión o que algunas secuencias no se acompañan de un juicio claro o directamente no se acompañan de ningún juicio, da lugar, desde la ortodoxia, a respuestas como que las diferentes gramáticas individuales no son punto por punto idénticas, que un mismo hablante puede estabilizar soluciones no únicas en ciertas áreas de la gramática o que en la valoración de la aceptabilidad de las secuencias inciden factores de actuación que pueden bloquear en ciertos casos la capacidad de juicio. Se trata, sin duda, de reacciones y respuestas legítimas. Ahora bien, no aceptar por principio la perspectiva de la teoría alternativa incompatible de la que derivan esas observaciones incómodas se traduce, ni más ni menos, en una declaración de asunto teóricamente cerrado y en la admisión de que solo resta aplicar y aplicar, una y otra vez, la ortodoxia establecida. Es decir, lo que Chomsky tantas veces ha declarado que le motivó a distanciarse de la ortodoxia estructuralista imperante al inicio de su carrera. 


Conviene tener bien presente el diagnóstico feyerabendiano para este tipo de situaciones: cerrar los ojos a las tesis alternativas incompatibles, de las que pueden estar emanando datos problemáticos para la ortodoxia, es cerrarse, por principio, a cualquier nuevo avance científico en el campo. 


Es también, añado, una forma más de estúpido negacionismo.

NOTAS

[1] El supuesto de continuidad suele atribuirse a Steve Pinker, quien, a su vez, lo refiere a John Macnamara. Vid. Pinker, Steven. 1994. Language learnability and language development. Cambridge, MA: Harvard University Press; Macnamara, John. 1982. Names for things. A study of human learning. Cambridge, MA: The MIT Press.

[2] Véase, respectivamente, Crain, Steve. 2020. The continuity assumption. En I. Lasser (ed.), The process of language acquisition, pp. 3-24. New York: Peter Lang, y Lorenzo, Guillermo y Vares, Elena. 2018. Más allá del supuesto de continuidad. Minimalismo radical en niños con TEL. Verba 46, 371-401. 

[3] Se puede leer uno en Tomasello, Michael. 2000. Do young children have adult syntactic competence? Cognition 74, 209-253..

[4] Pinker, Steve. Op. cit., p.7. 

[5] Michel, George F. y Moore, Celia L. 1995. Developmental psychobiology. Cambridge, MA: The MIT Press.

[6] Bates, Elizabeth, Bretherton, Inge y Snyder, Lynn. 1988. From first words to grammar. Individual differences and dissociable mechanisms. Cambridge: Cambridge University Press.

[7] Feyerabend, Paul. 1975/2010. Tratado contra el método. Madrid: Tecnos [trad. de Diego Ribes].

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La música que acompaña a este texto (Radical continuity) incluye: Die Matrosen (LiLiPUT/Kleenex, 1980, Zürich, Suiza), Mind your own business (Delta 5, 1979, Leeds, UK), We're so cool (Au Pairs, 1981, Birmingham, UK), Stretch (Maximum Joy, 1980, Bristol, UK), Functionality (Pylon, 1980, Athens, GA, USA), Alta tensión (Alaska y los Pegamoides, 1982, Madrid), I know what boys like (Waitresses, 1982, Akron, OH, USA), Asking for a friend (Shopping, 2017, Londres, UK) y Cities (Public Practice, 2020, Brooklyn, NY, USA). La lista es de perropampa™.

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