Prólogo: Crítica y mentira

Dicen que todo artista es un crítico frustrado. Que se dedica al arte el que no tiene las cualidades supremas del buen criterio, equidad en el juicio y elegancia en la escritura. El músico, por ceñirme a lo que aquí interesa, carece en mayor o menor medida de una o más de esas cualidades, y por eso compone, toca algún instrumento o canta. Cuanto peores son sus dotes críticas, a tantas más de estas tareas artísticas inferiores se dedica. El compositor, instrumentista y frontman de una banda es el peor de los críticos imaginables. Su impericia es tal, que si no fuese por los críticos la música alternativa se habría secado hace décadas. No soy un crítico frustrado y, sin embargo, no hago música. No soy una excepción a la regla. Sencillamente no soy un crítico frustrado porque no soy un crítico y no hago música porque no sé hacerla. Escucho, leo y escribo sobre música porque no puedo evitarlo. He soñado muchas veces con canciones y discos increíbles. Pero no sé transcribir el contenido de mis sueños. Solo sé soñar. Lo que sigue es un ejercicio de resistencia a lo verosímil crítico. Algo trasnochado, porque sigo un camino abierto por Roland Barthes allá por 1966 (1), el mismo año en que se editaron discos tan alucinantes como A Quick One, Aftermath, Blonde on Blonde, Buffalo Springfield, Face to Face, Freak Out!, Pet Sounds, Psychedelic Lollipop, The Psychedelic Sounds of the 13th Floor Elevators, The Remains, Revolver, Small Faces, Sounds of Silence, Sunshine Superman, Them Again, Roger the Engineer… (el orden es alfabético). Escribió Barthes que “lo verosímil crítico gusta mucho de las evidencias” (2). ¿Pero qué sentido tiene para la crítica la evidencia en un momento en que el enciclopedismo musical ha alcanzado cotas nunca antes soñadas como allmusic.com o discogs.com (que, casi literalmente, nos aportan nombre y domicilio de quienes atesoran cada disco allí registrado y catalogado hasta el último detalle). A la crítica verosímil solo le queda el camino de la disolución. Existen dos alternativas. Una es la crítica que directamente juzga, a través del análisis lúcido y pasando por alto la historicidad (para un buen examen no hace falta un pozo de sabiduría marchita). La otra es lo inverosímil crítico, que es a lo que se aproxima lo que me propongo hacer aquí. Nada de lo que escriba será fiable. Por tanto, quien lo lea, si alguien llega a hacerlo, hará bien en no difundirlo. Lo he escrito con el expreso deseo de que, concluida la lectura, quede perfectamente claro a cualquiera que ha sido escrito por un completo inexperto. Confío en lograrlo.

 

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Losoya, San Antonio, TX

nov. 2018

(1) Roland Barthes. Critique et verité. Paris: Éditions du Seuil, 1966.

(1) Pág. 16Cito por la traducción al castellano de José Bianco (Crítica y verdad. México: FCE, 1971).

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