The pains of being pure at heart

Actualizado: jul 13

Mi particular historia de debilidad pandémica es esta. Sabedor de ciertas grietas en

los listados de funcionarios no afiliados al sistema nacional de salud, y consciente

de una notificación de cambio de teléfono demasiado reciente a mi mutualidad

laboral, intuía bastante posible que el sistemático rastreo telefónico ciudadano me pasase por alto. De confirmarse, decidí, no haría nada al respecto. Me instalaría,

sin complejos, en la franja de población no necesitada de vacunación para alcanzar

la ansiada inmunidad de rebaño. Al fin y al cabo, pensaba y sigo pensando, el

sujeto de un proceso de vacunación no es el individuo, sino la comunidad. Nada

había en mi actitud, por tanto, de resistencia o de apostasía. Con el tiempo, mis

compañeros de trabajo más o menos coetáneos fueron siendo llamados y dejando

de ser llamados, así como mis hermanas y otros conocidos más jóvenes que yo.

Los berridos del rebaño comenzaron a atronar en mi cabeza. No pararon de hacerlo

hasta que resolví el entuerto, no sin antes tener que someterme a una sumarísima

trampa 22.


Llamé al teléfono habilitado para que marcasen cita seres olvidados como yo. Un

largo coloquio con un dispositivo no humano, aunque no por ello más irracional,

sirvió para identificarme, primero, y negarme el servicio, después, alegando que no

llamaba desde el teléfono registrado a mi nombre. Me invitó a modificarlo en una

extensión hermana del mismo teléfono. Se me sometió allí al mismo largo proceso

de identificación personal, que dió lugar a la negación del servicio de cambio de teléfono

solicitado por no estar llamando desde el teléfono registrado, inactivo desde

tiempo inmemorial. Siguió llamada a un número cualquiera del Hospital Universitario

Central de Asturias, donde una buena mujer, esta de tecnología de carbono,

no de silicio, se apiadó de mí y me dio el número en que podrían solucionarme el

problema. Era el mismo al que llevaba todo el día llamando, con dudoso  éxito de

las más avanzandas tecnologías.


Retomé mis plegarias al mismo centro hospitalario, donde otra buena samaritana

me facilitó otro número ligeramente modificado. . . y un truco: no hagas caso de lo

que te diga el humanoide, marca el 2, espera a que acabe la sonatina y (¡premio!)

podrás hablar con un ser humano (sic). Dicho y hecho. Tomé mi primera dosis de

Pfizer el 24/05/2021. Completé la pauta, con absoluta puntualidad, el 14/06/2021.

Con la nueva técnica de ARN, me atrevo a considerarme un nuevo ser humano

genéticamente modificado. Y una baja más en el frente del sentido común en la

guerra de Absurdistán.