Si Foucault levantase la cabeza

Actualizado: jul 15

En el pasado no estaba claro si las prisiones, los manicomios y los hospitales se encontraban

a uno o a otro lado de sus muros. De un lado, estos servían para clausurar

a criminales, a locos y a enfermos, es decir, a todo aquel que resultase imprevisible

o molesto; del otro, para someter al resto, no menos clausurado, a la ’normalidad’,

es decir, a la obligación de cumplir y vigilar el cumplimiento de las pautas de docilidad

capaces de evitarle a uno los inconvenientes de pasar al otro lado. El ingenio

y la economía del sistema es admirable. Con todo, resulta aún más admirable que hoy, en un mundo mucho más masificado y complejo que aquel, más nivelado y, en

apariencia, más habituado a la diversificación de ”lo normal", se haya podido producir

el milagro de convertir nuestras ciudades en enormes prisiones domiciliarias,

sin necesidad de muros ni control policial añadido, en las que todos nos plegamos

a renunciar a nuestra individualidad y al ejercicio de la acción responsable durante

meses.


Ni el alivio que podamos sentir al sabernos individual o colectivamente inmunizados,

ni el logro civilizacional que podamos pensar que ha representado la elaboración,

distribución e inoculación de anticuerpos en millones de personas en tiempo

record, deben servir para que pasemos por alto la reflexión profunda que hasta el

más absurdo de los pequeños detalles que hemos vivido durante estos meses merece.

No podemos olvidarnos que la capacidad de proliferación del virus y su masiva

letalidad resultan aún más imponentes que la respuesta de la industria farmacéutica.

Si el virus ha salido de un laboratorio, ese será el hecho que principalmente

quedará marcado como un punto de inflexión en la historia humana. El otro, sin duda, la transformación del mundo entero en un improvisado laboratorio social,

del que habrán salido las más oscuras anotaciones sobre la maleabilidad del animal

humano impulsado por la irracionalidad, siempre tan a flor de piel, alimentada por

el miedo y el autoengaño.