El síndrome de la cabaña

Existe un tipo de mala psiquiatría que triunfa etiquetando imaginativamente los trastornos mentales. Si los afectados se encuentran en el centro de la atención mediática, la etiqueta es llamativa y el especialista dicharachero, el éxito editorial puede estar garantizado. Así, la situación de los inmigrantes que sobreviven a largas etapas de incertidumbre, explotación, naufragios, confusión administrativa, choque cultural y lingüístico, caída en la marginalidad, etc., ha recibido el bellísimo nombre de Síndrome de Ulises. Me dice un gran amigo, que no es psiquiatra, pero que se conoce la psiquiatría al dedillo tras años de tradición familiar y experiencia personal en la asistencia social y la enfermería psiquiátrica, que esas personas sufren trastornos de estrés post-traumático, y que las causas que concretamente los mantienen traumatizados post hoc no debería figurar en una caracterización seria de la figura clínica en cuestión. Diferenciar trastornos discriminando sus causas es, en el fondo, discriminar a quienes los padecen. He oído hablar recientemente de un evocador Síndrome de la Cabaña, asociado a los meses de confinamiento decretado (ahora sabemos que alegalmente) ante el avance del SARS-CoV-2. Muchas personas han sentido o sienten de modo persistente miedo a salir tras haberse restituido las libertades.


Viví solo el confinamiento (la soledad tal vez sea mejor que el hacinamiento en una situación así). Mis días pasaban velozmente. Estaban llenos de actividad y los acababa con la sensación de no haber podido hacer todo lo que me había propuesto. Supe reemplazar algunos de mis hábitos al aire libre con alternativas bajo techo. Las diferentes técnicas de video-conferencia me bastaron para no sentir mayor inquietud por mis cercanos o lejanos familiares y amigos. Dormía muy bien, aunque tenía sueños como en realidad aumentada. Tiempo después, ya en libertad, empecé a desarrollar una fobia retrospectiva hacia lo que ahora siento como un ambiente cerrado, denso y desagradable. No he conseguido volver a hacer algunas de esas cosas con que llenaba el tiempo o intentaba mantenerme en forma (el pilates y el yoga me hacen sentir hoy nauseas). Evito en la medida de la posible el supermercado en que hacía mis compras, día sí, día no, y que me ofrecía la única oportunidad de salir de casa sin incurrir en ilegalidad (aunque ahora sé que no era tal). Atravesar sus puertas también me hace entrar hoy en un estado de nausea.


Acabo de leer dos artículos científicos serios, en revistas especializadas, de sendos equipos de psiquiatras españoles. Excelentes trabajos de investigación, sin duda. Pero me han hecho pensar que las ramificaciones psicológicas del confinamiento (el Constitucional nos permite hoy llamarlo abiertamente privación indebida de nuestra libertad responsable) son aún en gran medida desconocidas por los especialistas. Nada de lo que he narrado en primera persona tiene reflejo es esos trabajos, que coincide, sin embargo, con el relato que me han hecho algunos conocidos y amigos, con cierto alivio al saber que sus experiencias no eran exclusivas.