El negacionista (Los Planetas)

Los virus son cadenas de ácido nucleico – aka ARN/ADN. Bien poquita cosa, la

verdad, por mucho que los pinten como agentes infecciosos o letales, como en el

caso que nos ocupa. Sé que a los efectos que interesan a la mayoría, lo que sigue es

de nula importancia (o una provocación). Lo cierto es que los virus ni son letales

ni, para empezar, nada que podamos considerar agentes. La capacidad de acción de

un virus, por sí solo, es nula. Una de las más brillantes biólogas de la actualidad,

Mary Jane West-Eberhad, dice, hablando en otro contexto del ácido nucleico en

general, que se encuentra entre las materias mas impotentes e inútiles que uno

pueda imaginar (Developmental plasticity and evolution. Oxford University Press,

New York, 2003; p.93). Se replica, sí, y esto es lo que lleva a atribuir al virus

capacidad reproductiva y a concederle un lugar entre los fenómenos dotados de

vida (aunque todo depende de lo que uno entienda por tal). Pero se trata de la única actividad que cabe atribuirles, y solo la ejecutan en contacto con material celular

de otros organismos. De otro modo, se limitan a estar y disgregarse.


El que nos ocupa se ha mostrado letal al entrar en contacto con el organismo humano:

la gente, sus involuntarios anfitriones, se muere de síndrome respiratorio

agudo severo asociado al SARS-CoV-2. O no. Hay que recordar que una buena

parte de los anfitriones solo enferman o sienten molestias, y que en la gran mayoría

de los casos el virus se hospeda sin dejar huella. Así pues, es letal, infeccioso y

benigno al mismo tiempo. Que el resultado sea uno u otro no es cuestión del virus,

sino del organismo que lo recibe.


Miguel Bosé insiste en que su madre no murió de covid-19. No conozco cuáles

son en concreto sus argumentos, pero me temo que tiene razón. Decir otra cosa

es sumarse a una falacia que no debería pasársenos por alto. Una falacia, además,

tan recurrente que hasta tiene nombre propio: Falacia de la causa simple. Consiste

en atribuir a un efecto una sola de sus causas, haciendo pasar engañosamente a

esta como la causa de ese efecto. La combinación del virus con ciertos perfiles

orgánicos (los llamados ‘factores de riesgo’, que pueden ser o no conocidos de

antemano por el enfermo, de ahí las complicaciones del caso) es lo que resulta letal

o patológico. El virus es tan factor de riesgo como los llamados factores de riesgo

son causa del síndrome respiratorio agudo severo. Sin embargo, falazmente, solo

lo asociamos al primero.


Esto, reaccionarán muchos, es simple negacionismo disfrazado de filosofía, lógica

y retórica. En otras palabras, ganas de marear la perdiz. Pero no es así. Se trata

de cuestiones biológicas serias e importantes a efectos de establecer planes y

prioridades de intervención. Hacer desaparecer al virus, hacernos inmunes a él, es

importante, qué duda cabe; pero también es importante identificar todos los factores

de riesgo (consigno al virus como uno más), para poder centrar la acción

preventiva, evitando el despilfarro (o el negocio, según el punto de vista) de la profilaxis

generalizada. El virus no es la enfermedad. Ni la causa de la enfermedad. Es

uno de los factores de riesgo que causan la enfermedad. Y la enfermedad, así como

la letalidad asociada a ella, se ataja actuando sobre cualquiera de los factores.


¿Es esto negacionismo? Desde un punto de vista verbal e ideológico, seguramente

sí, porque niega el discurso oficial, a su vez simplista. Sin embargo, nada de lo

escrito prejuzga la buena o mala voluntad de las instituciones, ni su docilidad o

connivencia con instancias que en esta situación han ganado una posición de poder

por encima de los propios estados y unos beneficios que todos sabemos estratosféricos.

Las teorías de conspiración son otra cosa. Lo que aquí se plantea es una

crítica a las mentalidades y a los discursos que las apuntalan, y una advertencia de

las consecuencias de sus puntos ciegos.