AUTORIDAD COMPETENTE

Ponerse en manos de la medicina es una forma más de entregarse a la autoridad.


En la ocasión en que necesité hacerlo con aparente mayor gravedad, salí de casa sin imaginar que no volvería a ella hasta decretarse mi libertad condicional más de una semana después. El médico fue claro. Los análisis que había recibido poco antes, aunque yo no tenía consulta para comentarlos hasta algunos días más tarde, de ahí un aviso intempestivo en mi teléfono, no eran compatibles con la vida (sic). Me ordenó salir de su consulta, coger directamente un taxi y entregarme de inmediato en el servicio de urgencias del hospital más próximo o en el que me correspondiese hacerlo. Obedecí. Me entregué, sin llevar encima poco más que la analítica que el médico había puesto en mis manos. Me ingresaron ipso facto. En sucesivos días, me sometí con alivio a todos los interrogatorios, exploraciones y correctivos que tuvieron a bien administrarme, hasta que me fue concedido una especie de tercer grado sanitario, con visitas frecuentes a laboratorios de análisis y a consultas hospitalarias y ambulatorias. Pasados varios meses, la situación había revertido radicalmente, aunque con secuelas que hubieron de atender especialistas de otros departamentos.


Que un médico, un equipo médico, todo un servicio hospitalario nos devuelvan a un estado de buena salud perdida, en ocasiones salvándonos la vida, es algo a lo que solo se puede responder con el agradecimiento más profundo. Vivir o ver el proceso como el tránsito por una institución autoritaria parece contradecirlo. Pero no es así. La manera como nos entregamos a los equipos médicos y de enfermería en el hospital no es solo la reacción responsable de quien desea la salud de vuelta, sino también una respuesta de conformidad a quien le queda un mínimo margen de decisión propia una vez que traspasa el umbral de la institución. En el fondo, ¿qué habría de decidir el lego? Esta, que es fácil interpretar como retórica, es en realidad una pregunta sobre la que vale la pena reflexionar.


(Lego, por cierto, no es solo el falto de instrucción, sino también el no bendecido por una orden religiosa o, por extensión, un gremio o colegio profesional. Cosas bien diferentes, si uno se para a pensar.)


NB. Quien quiera prologar esta reflexión, acompañándola con una lectura mucho más fina en el estilo y profunda en el contenido, debe recurrir a Raquel Taranilla: Mi cuerpo también. Barcelona: Seix Barral, 2021. Una reflexión brillante sobre lo que somos y dejamos de ser durante la enfermedad. Se deja leer como las mejores novelas.