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La música, como siempre: digital y multimedia

Oviedo.18.04.20

Si el enemigo invisible no hubiese obligado a detener el tiempo, hoy (18.04.20) estaríamos celebrando el Record Store Day 2020. Para algunos, entre los que me incluyo, el RSD está al mismo nivel que, en su momento, el Día de los Reyes Magos. Digamos que es un día de reyes pagano para adultos (frikis, según la creencia más extendida). Solo que ahora la excitación consiste en descubrir las ediciones especiales que Tony y Alberto habrán conseguido traer, y en la anticipación de las increíbles selecciones musicales a cargo de los dj’s que irán desfilando por el reconvertido mostrador de la tienda, del reencuentro y las conversaciones con conocidos y amigos, del disfrute de una comida ligera, preferentemente al sol, a la espera de más buena música y otro vistazo a los discos, por si se nos escapa algo, de esa cerveza helada y deliciosa que Alberto, como un Mickey Mouse aprendiz de brujo, sube del sótano a calderadas, o de la expectativa, seguro, de alguna sorpresa final. O sea, más fiesta y más música.

 

 

 

 

A muchos, y no es reproche, el RSD podrá parecerles una celebración para nostálgicos de un formato musical ya extinguido hace décadas. Algo así como una concentración de coleccionistas de coches antiguos. Pero no, no tiene nada que ver, Para demostrarlo, necesito empezar yéndome un poco por los cerros de Úbeda.

 

Hace algunos meses, el azar y la necesidad se unieron para hacer realidad un sueño que nunca imaginé posible: tuve el privilegio de diseñar la portada de un libro para una importante editorial internacional, con el privilegio añadido de que el libro es una obra importante sobre los desafíos de la educación en un mundo en que, en aparente ruptura con el pasado, prima lo digital y lo multimedia. A mi argumento le interesan las dos palabras. Empiezo.

 

 

 

 

 

 

 

Digital. En torno a lo digital existe una clara confusión de partida. Somos humanos, seguramente, desde que fuimos capaces de señalar con el dedo, diferenciar así unas cosas de otras y, finalmente, nombrarlas. La digitalidad nos ha acompañado siempre. Es un error eso de que los miembros de las últimas generaciones son "nativos digitales" por el simple hecho de que crezcan golpeando digitalmente teclados y pantallas. A lo mejor, lo que sucede es que se han convertido en no nativos en otras cosas (y seguramente no pasa nada), pero nativos digitales somos todos. Somos una especie digitalmente nativa. Doy el salto a la música. Si algún formato de almacenamiento musical ha existido alguna vez que realmente sirva para incrementar nuestras capacidades digitales (no se pierda de vista, digital = relativo a los dedos), ese es el disco de vinilo. Una parte fundamental de nuestras memorias (incluyendo el significado de muchas palabras) consiste en imágenes motrices asociadas a ellas. Pero, por muy innata que nos sea, es una capacidad que debemos practicar y alimentar durante toda la vida. Pues bien, una tienda de discos es un verdadero gimnasio para la motricidad digital. Cierro los ojos, y entre las sensaciones más placenteras que se me vienen a la mente se encuentra la imagen de mis dedos pasando, repasando, yendo hacia atrás y volviendo a pasar y repasar un cajón bien ordenado de discos. Habrá a quien todo eso le parezca una bobada. Allá él. Pero si de entrenar y educar en lo digital se trata, el disco de vinilo es puro pilates digital.

Multimedia. Sucede un poco lo mismo. Lo multimedia ha existido siempre o casi siempre, aunque en muchos casos como privilegio de los de arriba (códices iluminados, cartografía militar, etc.). De todos modos, la popularización del multimedia tampoco es algo tan nuevo, El cómic y el cine tienen mucho que ver. Pero si damos el salto a la música, de nuevo, pocas expresiones artísticas, populares o no (para mí, la distinción no existe), ha habido alguna vez más claramente multimedia que el disco de vinilo, con toda su parafernalia asociada de diseño gráfico, textos explicativos, letras de canciones, cupones de descarga electrónica, etc. Mucho de lo mejor de la poesía, el diseño y la fotografía del siglo XX (también de lo que llevamos del XXI) se encuentra, sin duda, en ediciones de discos de vinilo. 

Fin del argumento.

Las pasadas navidades tuve el privilegio de ser testigo de la primera visita de Diogo (ocho años), mi amigo y vecino del sexto derecha en Braga, Portugal (provavelmente, o melhor vizinho do mundo), a una tienda de discos. De entrada, le costó entender dónde estaba, porque para él una tienda de música era una tienda de instrumentos musicales. Pero, en cuanto se centró, ya no pudo parar de curiosear, sincronizando dedos y ojos, y de admirar aquellos dibujos formidables de las portadas de los discos (su favorito: Heroes to Zeros, de The Beta Band ), al tiempo que sin duda disfrutaba de una música de fondo que, si no recuerdo mal, era jazz con mucho beat (tal vez los GoGo Penguin o The Comet is Coming). Luego nos fuimos a merendar Nutella™. Un recuerdo sensorialmente total y, por ello, inolvidable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En fin, que si de lo que se trata es de educar y entrenar a los jóvenes en lo digital y en lo multimedia, ahí siguen estando los (¿viejos?) discos y las (¿viejas?) tiendas de discos de vinilo. La música es (o debería ser) una parte fundamental de la educación, porque es matemática y es literatura al mismo tiempo. Si, además, está almacenada en discos de vinilo, entonces no tiene nada que ver con el pasado y la nostalgia. Es, como decía Gabriel Celaya de la poesía, un arma cargada de futuro para los más jóvenes.

 

 

 

 

 

Hasta el 20 de junio, Feliz NO RSD 2020.

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Let the Music PlayDidi Noel
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Esta es una licencia de cultura libre.

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