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  Lo culto, lo pop, lo kitsch y lo bruto

Oviedo. 15.05.20

Uno de los escasos fragmentos conocidos del oscuro filósofo racionalista neerlandés Ludovicus Holmesterius dice lo siguiente: El arte es la experiencia inesperada de que captamos el sentido indecible de lo que se presenta ante nosotros. Esta es, al menos, la traducción más fiel a la literalidad del fragmento (“Kunst is de onverwachte ervaring om de onuitsprekelijke betekenis vast te leggen van wat ons wordt voorgehouden;” de los fragmentos editados por J. García Rodríguez, Ludovicus Holmesterius Fragmenten, #7b). La tradición interpretativa del maestro de ’s-Hertogenbosch ha querido que la transliteración del texto más extendida, de origen incierto, sea esta otra: El arte es la experiencia inesperada de que captamos el indómito sinsentido de lo que está presente ante nosotros. Poco importa decantarse por una u otra exégesis, pues, en el fondo, la verdadera lección del brabantino es la de haber situado el arte en la experiencia individual y no en el objeto que provoca esa experiencia. La reificación del arte en objeto (en adelante, Arte) es el pecado original del que se nutre el culto al Artista, una verdadera religión. Pero contra el culto al Arte y al Artista, el paganismo de la experiencia. Y eso lo sabía bien el criptoateo Holmesterius.

    Se habla a menudo del artista de culto, del escritor o del músico de culto. La expresión no puede ser más clarificadora, pues hace referencia a un Artista, a su Obra y a unos pocos iniciados, adoradores y adoratrices, celosamente vigilantes de que su idolatría no se vea contaminada por la vulgaridad de la masa. Se cierra así el círculo perfecto de la aniquilación del arte como experiencia inesperada o espontánea, reemplazada por la vivencia espuria de saberse miembro de una comunidad aparte en torno al santo y seña de un Artista y de su Obra, que pocos conocen, o que conocen muchos, pero pocos comprenden.

    Sin embargo, el arte, así, con minúscula, va a su aire. Uno no vive permanentemente atado a él, lo sobreviene, no se sabe cuándo ni dónde, y su naturaleza es frágil y efímera. No importa que el arte te sobrevenga en uno de esos espacios a los que se confía institucionalmente su cuidado o a la vuelta de la esquina. Puede haber arte en las exposiciones o en los conciertos, qué duda cabe, aunque la predisposición que nos acompaña a encontrarlo allí más bien lo dificulte; hay especialmente arte en los parques infantiles, en las perreras municipales y en los transportes públicos. Hay más arte en el bocadillo que acabas de comerte que en el último libro de César Antonio Molina.

 

 

 

 

 

El Arte y el Artista cultos naufragan, pues. ¿Qué decir del arte y del artista populares (“pop”, en adelante)? Al arte/artista pop se le supone iconoclasta. Sin embargo, en una extraña vuelta de tuerca, la iconoclastia pop da lugar a uno de los sistemas más poderos de idolatría del Arte y el Artista (acabo de leer una breve novela de Mariana Enríquez que se ocupa del asunto de una manera original, disfrazándolo de literatura fantástica o, más bien, terrorífica. La recomiendo, se titula Este es el mar).

    El emblema de los Ramones, además del logotipo más impreso de la historia en camisetas de temática musical (existen cifras oficiales), es uno de los estampados más recurrentes en cualquier línea de caja de Primark™. No debería sorprender, pues algo así representa, al fin y al cabo, el más perfecto epítome del ideario pop tal cual lo concibió Andy Warhol. En la autobiografía de Johnny Ramone (Comando, vale la pena leerla) descubrimos que su principal ambición artística fue la de reunir su primer millón de dólares. De haber podido hacerlo en la época, seguro que habría vendido su alma al Primark™, si el logo no hubiese sido suficiente, para conseguirlo antes.

     En casos como este, la experiencia (pop) ya no consiste en darnos golpes de placer contra la pared con el Blitzkrieg Bop o entregarnos a la voz de Nico como si la muerte nos fuese en ello. Nueve de cada diez portadores del logo de los Ramones, o del Andy Warhol de VU, que lleva el mismo camino, no conocen una sola canción de cualquiera de esas bandas (lo he verificado empíricamente). El pop es el triunfo del Icono por el Icono, una sutil variante del Arte por el Arte (o del Artista por el Artista). A esto creo que se le llama iconodulia (que es palabra offDLE, aunque inWiki).

    ¿Dónde queda la experiencia personal en todo esto? Se me escapa. Conozco la experiencia de descubrir una buena melodía pop o una camiseta bien diseñada. Desconozco el placer de convertirlas en himnos o en banderas. Pero es evidente que existe y que vale la pena. Nueve de cada diez jóvenes no pueden estar equivocados. 

 

 

Y está el kitsch, claro, que, con el permiso de Umberto Eco, podría definirse como la condición de aquellos objetos (o sujetos) que anticipan y dan por supuesta su propia Artisticidad. Lo cual, una vez más, hace dispensable toda suerte de experiencia. Pero mejor leer a Eco, que lo dejó todo bien claro en su capítulo sobre el mal gusto de Apocalíticos e integrados.

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La idea de “arte bruto”, así, con minúsculas bien pequeñitas, lo acuñó, que yo sepa, el genial pintor Jean Dubuffet. Dubu, como siempre me ha gustado llamarlo, debió verse enredado una y otra vez en reflexiones semejantes a las de más arriba (salvando, claro, las distancias). Concluyó que la única oportunidad para apreciar el arte como experiencia centrada en un objeto o en el sujeto que lo crea la ofrecen aquellos que los producen, no solo al margen de los circuitos institucionalizados, sino ignorantes de cualquier circuito institucional. Es decir, los niños, los locos, y poco más. Este fragmento procede de su admirable libro El hombre de la calle ante la obra de arte:

El verdadero arte siempre está en el lugar más inesperado. Allí donde nadie piensa en él ni pronuncia su nombre. El arte detesta que se le reconozca y se le salude por su nombre. Se escabulle inmediatamente. El arte es un personaje al que le apasiona pasar inadvertido. En cuanto se le descubre y se le señala con el dedo, se escapa dejando en su lugar un gran cartel donde está escrito ARTE y que todos se apresuran a rociar de champán, y al que los conferenciantes pasean de una cuidad a otra con un aro prendido de la nariz. Este es el falso señor don Arte. Y puesto que es él el que luce el laurel y lleva la pancarta, este es el arte que el público conoce.

    Dubuffet buscó y reunió durante años una colección de centenares de objetos artísticos (con minúscula) realizados por artistas (con minúscula) ajenos al Arte, al champán y a los conferenciantes. La donó posteriormente a la cuidad de Lausanne, donde se puede visitar actualmente la Collection de l’Art Brut (las mayúsculas forman parte del nombre oficial de la institución, yo habría sido más cuidadoso con la grafía), abierta al público en 1976. No cabe duda de que la museización del arte bruto tiene un punto de paradójico. Pero si uno se aproxima a él con la lección de Dubuffet, que no es otra que la de Ludovico Holmesterius, bien aprendida, no hay nada que temer. Lo importante es no olvidarse de que el artista bruto es al Artista Culto lo que el idiota al Catedrático de Gramática. Como exclamaba jubilosamente Dubuffet: ¡viva el idiota!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay, lógicamente, Música y Músicos Cultos. Música y músicos pop. Y música y músicos kitsch (a patadas). Cualquier “nueva” declamación de Bono al frente de los U2 (o en la próxima cumbre de Davos) es auto-evidentemente trascendente y, por tanto, kitsch; cualquier “nuevo” hallazgo del baúl sin fondo de David Bowie es auto-evidentemente genial y, por tanto, kitsch. Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain o Jeff Buckley son hoy objetos de idolatría, carne de iglesias maradonianas. Los Rolling Stones son desde hace décadas avatares al frente de un logotipo iconodúlico. A nadie se le ocurriría hoy escuchar al Leonard Cohen bendecido por instancias principescas de otro modo que en un sillón aterciopelado en un teatro tenuemente iluminado (¡y a cuántas señoras les gustaría ser viudas de Leonard Cohen!). Todos fueron antes, naturalmente, otra cosa. Todos (o casi todos) provienen de algún tipo de brutalidad.

              (todo lo anterior son opiniones, no juicios)

 

 

Hay quienes, larvas pluteus o renacuajos indefensos de por vida, nunca consiguen progresar de la condición de bruto. Dios los proteja. En el terreno musical, ha habido brutos indómitos, como Daniel Johnston, a quien ni la repercusión planetaria de la célebre camiseta de Kurt Cobain consiguió reducir a la condición de icono, ni los altares de la MTV™ o del Primavera Sound™ en idolatría de las masas. Nick Drake, grabando su tercer LP a escondidas del productor que le había asignado la compañía de discos, es un maravilloso ejemplo de regresión a un estado de brutalidad primigenia. Jonathan Richman nunca ha dejado de ser el chico que simplemente soñaba con estar cerca de los VU, aunque su propia carrera supere en muchos aspectos la de la mítica banda de Nueva York. Los ejemplos son escasos, pero fascinantes. No se dejan enumerar fácilmente porque, en realidad, no están ahí, en una colección como la de Dubuffet. Salen a tu encuentro de manera inesperada. Asustan como un asaltante nocturno. Provocan esa especie de pánico que produce lo inclasificado. Cuando lo experimentes, será la mejor prueba de que te has tropezado con uno.

    Son monstruos, freaks of nature, con algo de repulsivo que vale la pena tolerar, salvo que seamos intolerantes a la experiencia. Seguramente, un mal bastante extendido. 

     Lo dejo aquí. Con los Sea Lions, mi banda bruta favorita de los últimos tiempos, es decir, de toda mi vida. ¡Versionando a The Jesus and Mary Chain!

perropampa™

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Esta es una licencia de cultura libre.

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