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El sonido de la música al desaparecer

Hace unos cuantos años, siendo ya incondicional del artista (lo soy desde Cryptograms), leí una entrevista a Bradford Cox (aka Deerhunter, aka Atlas Sound) en la que explicaba que el sonido que perseguía era algo así como el que la música adquiere cuando se transforma en recuerdo. Creo que promocionaba entonces Halcyon Digest, una de sus obras maestras en dura competencia con el anterior Microcastle (no me pidáis que elija, soy de los que quiere por igual a papá y a mamá). Tengo la suerte de haber escuchado a Bradford Cox varias veces con sus diferentes alias: creo que dos como Deerhunter y otras dos como Atlas Sound, una de ellas en un acústico en solitario. Es uno de los músicos que no me canso de escuchar y también uno de los que más resuena en mis circuitos neuronales cuando no estoy escuchando música. Y, sí, creo que sus discos y sus conciertos tienen no sé qué cualidad que los hace inequívocamente continuos con la sonoridad interna que adoptan cuando los reproduzco en mi memoria. De pocos artistas puedo decir con mayor propiedad que su música es memorable.

La memoria es un reproductor musical. No, obviamente, el que le garantiza la más alta fidelidad (para algunos esto no es un problema, nos gusta el lo-fi), pero sí, como contrapartida, el que le presta el formato más duradero. Sobrevivirá, seguro, a la mayoría de las técnicas artificiales de reproducción musical y solo desaparecerá, junto a algunas de ellas, cuando nos extingamos. (Se me viene ahora a la cabeza una imagen apocalíptica de Jean Baudrillard en la que una televisión continúa encendida y emitiendo en la habitación de un motel, seguramente en Arizona, después de la extinción fulminante de la humanidad. Pero es dudoso que exista una emisión televisiva sin un espectador que la soporte, como es dudoso que la caída de un árbol suene si no hay observador que la contemple. Ya sabéis, puro acertijo zen, nonsense 100%. Por mi parte, solo puedo decir que cuando no  haya música entre mis recuerdos, habré dejado de existir. Seguro).

Lo que significa, si uno se para a pensarlo, que la música es, por encima de cualquier otra cosa, un asunto mental. Un poco como la frase que se atribuye a Gregory Bateson y que inspiró una tesis doctoral titulada Una lágrima es una cosa intelectual (pagaría por haberla escrito yo). Y, también, algo así como lo que Noam Chomsky siempre ha defendido acerca del lenguaje, que ante todo es algo que cada uno de nosotros lleva dentro. Yo, desde luego, escucho mucho más tiempo música sin que esté sonando a mi alrededor. Y menos mal, los demás ruidos de la vida ordinaria son cada vez menos interesantes (¡vaya, me ha salido una frase de viejo!).

Hace también unos años, me parece que en 2018, escuché una conferencia extraordinaria, programada por la entonces muy activa Cátedra Leonard Cohen (nota al pie: Leonard Cohen no se merecía que asociasen su nombre a la sucia palabra cátedra, por mucho que yo nunca haya conseguido del todo que me guste Leornard Cohen), que se titulaba “Cuando el cerebro le da al REC: la memoria para las canciones”. La impartió una psicóloga llamada Irene Alonso Fernández y en ella relató sus investigaciones sobre los circuitos cerebrales que se activan cuando escuchamos canciones memorables y se reactivan cuando las recordamos. Pues ahí está la música en primer lugar. Luego, claro, en nuestra tienda de discos preferida, en el lugar más especial del mundo en que se convierte nuestra casa cuando la escuchamos o en la pequeña sala o en el espacio infinito donde la compartimos con quienes sabemos disfrutarla a fondo a nuestro lado.

En fin, la música es memoria. Y viceversa.