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Yo, Jonathan, artista bruto

perropampa™

[14.03.2021]

El peor enemigo del arte es el Arte. Nadie ha sabido entenderlo mejor que Jean Dubuffet, quien supo además diagnosticar que los únicos espacios artísticos realmente protegidos solo los habitan aquellos que consiguen practicarlo sin tener conciencia de que existe algo así como la sacralización de la creatividad, es decir, el Arte. Alcanzan a conseguirlo los niños, los locos, algunos artesanos, me atrevo a añadir que ciertos animales… muy poco más. Los artistas brutos, en definitiva, como Dubuffet acertó en llamarlos. Las reflexiones de Dubuffet sobre el arte como punto de fuga del Arte y de la brutalidad artística como compuerta defensiva frente la sacralidad Artística son únicas. Así pues, me quito el sombrero que no llevo y grito en silencio: ¡Viva Dubuffet! ¡Muera el Catedrático de Arte! (Quim no cuenta, él era catedrático de Arte).

Ahora bien, no se puede negar la existencia de ciertos pliegues perversos en la racionalización de Dubuffet. Para empezar, que se trate de una racionalización de lo que al mismo tiempo Dubuffet enseñaba que debería ser evasivo a cualquier tipo de racionalización. Así que me pregunto: ¿Fue Dubuffet un artista o un Artista? ¿Son sus obras más artísticas que Artísticas por el hecho de que tuviera la clarividencia de diferenciar el arte y el Arte? Qué se yo. Sus obras, al fin y al cabo, se encuentran en los mejores museos del mundo y en algunas de las avenidas más selectas de las ciudades más selectas del mundo, se ocultan bajo llave en las cajas fuertes de los bancos con menos escrúpulos del mundo y se subastan en las casas de subastas menos escrupulosas que los bancos con menos escrúpulos del mundo. Sin ir más lejos, la colección personal de arte bruto de Dubuffet ha acabado alimentando un museo del Arte Bruto en una cuidad suiza.

La diferencia entre el arte y el Arte, entre el artista y el Artista, entre el bruto y el Catedrático pertenece, creo, a ese género de cuestiones que Wittgenstein consideraba que no se dejan decir, sino tan solo mostrar. Por eso, donde definitivamente debemos ver plasmada la tesis de Dubuffet es en aquellos artistas diminutos como los niños y brutos como los diamantes antes de pasar por el aro de la educación o del tallado, respectiva y alternativamente, porque viene a ser lo mismo. Seguramente solo ellos consiguen demostrar sin palabras, sin conceptos y sin razones la sinrazón del Arte, del Artista y de la Cátedra. 

Hablemos de música. A cualquiera le vendrá inmediatamente a la cabeza el inolvidable Daniel Johnston. Sin embargo, hoy toca hablar (lo menos posible) sobre y escuchar inmediatamente después (lo más posible) a Jonathan.

Cuando Jonathan Richman y sus primeros Modern Lovers se cansaron de la especie de cortejo ritual al que fueron sometidos por discográficas, productores y managers ansiosos de beneficiarse de su potencial comercial, decidieron desbandarse y buscar cada cual su propio nicho musical. David Robinson se apuntó a The Cars, Jerry Harrison se fue con los ya incipientemente maravillosos Talking Heads y John Felice montó los aún más maravillosos The Real Kids. Casi nada. En cuanto a Jonathan, en cuanto recuperó la libertad perdida sin mayor rédito, lo primero que hizo fue retomar un hábito que se había visto obligado a abandonar. Regresó a los hospitales infantiles, a los coles de barrio y a los sanatorios psiquiátricos, es decir, a los escenarios y al público que sentía más naturalmente próximos, los ambientes más acordes con la espontaneidad de su música y los más adecuados para experimentar la autenticidad de las respuestas de su audiencia. Tim Mitchell, biógrafo no oficial de Jonathan, escribe lo siguiente sobre este momento crucial de su carrera, en que definitivamente se decidió la transición desde esa ansiedad de influencia de los Velvet que fueron los primeros Modern Lovers a la genuina autenticidad de las diferentes encarnaciones de Jonathan Richman and the Modern Lovers o Jonathan Richman a secas:

Jonathan se empeñaba en implicar al público en el espectáculo. Los papeles enrollados de periódico que llevaba consigo eran ejemplo de los instrumentos “encontrados” sobre los que había teorizado que podrían ser tocados por cualquiera. Los llevaba a los colegios y a los hospitales y los chicos los usaban para marcar el ritmo de las canciones, reflejando y transmitiendo su disfrute. Este era el tipo de proceso en que estaba interesado. La naturaleza de la respuesta de los niños y su propia respuesta a sus reacciones pasaron a ser el único test del tipo de éxito que quería alcanzar. Los niños, libres de prejuicios y de cinismo, constituían un verdadero circuito de diversión y disfrute del que conseguía retroalimentarse. Con lo aprendido con estas experiencias, Jonathan fue capaz de dar su personal paso adelante llevando ese mismo tipo de material a los adultos, aplicando todas las lecciones que aprendió sobre la creatividad y la reciprocidad del goce.

El marchitarse de la creatividad de un niño con la caída en una adolescencia demasiado (casi inevitablemente) marcada por una presión social castradora es una experiencia generalmente triste. Al menos, observada sin las urgencias y preocupaciones de la paternidad, es lo que yo he sentido en los casos más próximos de los que he sido testigo. La mayoría de los niños pierden la creatividad como los adultos el color del pelo o directamente el pelo. O la capacidad de adquirir sin esfuerzo una nueva lengua. Ese gran observador de la niñez que fue Lev Vygotski contempló, creo que con algo más que la mirada fría de un psicólogo evolutivo, la irremediable caída del impulso creativo de los niños al confrontar la adolescencia. Consignó, además, que en los casos en que el impulso subsiste, el niño poeta, pintor o cantante se ve rápidamente abducido por los patrones de los cánones poéticos, plásticos o musicales imperantes. Por el Arte, vamos.

 

He conocido casos, muy pocos, en que el niño consiguió imponerse al adulto sin daño para un ajuste aceptable a las mutiladoras exigencias de la vida en sociedad. Hay quien no consigue evitar aprender, como un recién nacido, cualquier nueva lengua con la que entra en contacto o quien no deja de escribir como si no existieran las diferencias entre los dibujos y las letras, las mayúsculas y las minúsculas, la b y la v. Son muy, muy pocos. Jonathan Richman pertenece a esta rara estirpe. Canta porque no puede evitarlo. Como un loco, como un niño. Igual que los pájaros.

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If someone else can do it, how come nobody does?

Summerisle

[19.03.2021]

Jonathan es único. Con decir eso, ya podríamos proceder a pasar la tarde con sus maravillosas canciones sin dar más vueltas al asunto, verdad? "When Harpo Played His Harp" de Modern Lovers 88 es la que más me conmueve de toda su obra. Con ese disco y por aquel entonces me convertí en fan. Y como en otros muchos casos, lo primero que escuchamos de un artista, y más aún si es con bastante corta edad, hace que sea para siempre el "high fidelity moment".


Do you remember what he would do sometimes before he'd play?
Well, he'd look up to the sky and he'd look the angels away


Creo que lo que tiene esta canción es que, si te dejas llevar mínimamente, estás escuchando a otro como Jonathan homenajear al artista a la vez que escuchas a Jonathan elogiar a Harpo. Pero Jonathan es único, entonces no puede ser.

 

También creo que la primera escucha de una canción de Jonathan puede ser la mejor, o la que más te marca - the high fidelity moment. Así fue para mí en un concierto en Nueva York  (¿dónde si no? ejem) cuando tocó, entre otras que no conocía, "I Was Dancing In The Lesbian Bar" y "Summer Feeling". Es inmejorable porque es único. Uno lo canta y otro lo recibe como si no se hubiera dicho antes nada semejante en el mundo mundial.

 

Sí, como los niños. Y Jonathan. Y Harpo.

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música para niñ@sJonathan Richman
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música para niñ@s fusiona el ciclo de tres canciones para niños incorporadas al primer álbum firmado por Jonathan Richman and the Modern Lovers. El responsable, a cualquier efecto legal, es perropampa™. El texto está dedicado a Alberto Izquierdo Cuadrado, quien me señaló a Jonathan Richman, al que ninguneé durante demasiados años, como asignatura obligatoria de cualquier verdadero devoto de su Alta Fidelidad.

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