Miserable sad people

Oviedo 24.02.2020

 

Entre la abundante oferta de entretenimiento con que la prensa diaria intenta hacernos más llevadero el confinamiento, El País, el periódico global, nos ofrece hoy un reportaje sobre los peores discos de los mejores del rock [1]. Esta vez la curiosidad ha sido más fuerte que mi resistencia hacia ese tipo de contenidos. En la lista hay de todo: artistas y grupos mejores y peores y discos malos malísimos junto a otros que podrían aparecer entre los mejores en cualquier lista rival. La frontera entre el gusto y las fobias, si existe, es sutil. Lo extraño de mi visita a ese vertedero musical (al experto entender del periodista) es que despertó una especie de luz en mi cabeza que me recordó que ya era hora de ponerme a escribir, como hacía tiempo que me había propuesto, sobre David Berman. Tiene su gracia, porque el hilo que me llevó de una cosa a la otra pasa por R.E.M.

R.E.M. es uno de los pocos grupos que personalmente incluiría en esa categoría de ‘los mejores del rock’. Hay decenas de grupos, como poco, que me gustan más que R.E.M., que me gusta y (casi) siempre me ha gustado mucho. Generalmente, mis gustos están lejos de una categoría a la que pertenecen (según el autor del susodicho reportaje) grupos como The Beatles, The Rolling Stones, ACDC, Led Zeppelin y U2, o figuras como Dylan, Bowie y Springsteen. En pocas palabras, estar entre ‘los mejores del rock’ creo que significa llenar estadios. Pocos grupos entre los que realmente me gustan se aproximan ni de lejos a algo así; salvo, tal vez, Radiohead (me gusta incluso The King of Limbs, que el reportero condena al vertedero del rock) y R.E.M., que no figura en la lista en cuestión. Pero R.E.M. sí que acabó sus días llenando estadios. Esto me recuerda, por cierto, que mi amigo Sergio me dijo en una ocasión que el grupo que más lamentaba no haber visto en su envidiable historial de conciertos era R.E.M., porque cuando lo tuvo a tiro, pues eso, ya llenaban estadios. Me recuerda también lo que mi amiga Aija me contó hace pocos días. Ella vio a R.E.M. en la primera visita del grupo a Finlandia, cuando muy pocos conocían aquella banda americana. La actuación era en un festival al aire libre y antes del concierto había llovido copiosamente. Pocos tuvieron el menor interés en permanecer en el barrizal que se formó. Al concierto asistieron cuatro gatos. Era el año 1989.

 

R.E.M. empezó a llenar estadios después de haber dado con la tecla del éxito masivo con su disco de 1991, Out of Time, en el que aparece ese himno titulado Losing My Religion y ese anti-himno llamado Shiny Happy People. R.E.M. es, ciertamente, uno de ‘los mejores del rock’. Y hasta tiene un disco malo: precisamente, Out of Time. Sin embargo, su capacidad de reacción ha sido rara entre los de su categoría, porque al disco de 1991, que puso al grupo en la órbita del arena rock, le siguieron trabajos tan indiscutibles como el Automatic for the People (1992), Monster (1993) o el algo más olvidado, pero a mi entender sublime, New Adventures in Hi-Fi (1996). Hace pocos días, leyendo sobre el último disco de los Holy Tunics, una de las bandas indi más jugosas de los últimos tiempos, me gustó leer la declaración de que habían pretendido que su disco (el recomendable Hit Parade Supersonic Spree) fuese una especie de aproximación al espíritu del Monster de los R.E.M. No pasa por mi cabeza que ningún grupo mínimamente excitante se proponga alguna vez replicar el espíritu del Out of Time. Y llego, por fin, a David Berman.

Hablo del ‘frontman’ de Silver Jews, fallecido el verano del pasado año 2019 en tristísimas circunstancias que prefiero pasar por alto. De Silver Jews fueron componentes los luego Pavement Stephen Malkmus y Bob Nastanovich, pero incluso en aquellos tiempos, y aunque el sello de Malkmus se hacía notar, el grupo fue siempre el vehículo de expresión de la poesía de David Berman. Silver Jews nunca se aproximó a nada parecido a ‘los mejores del rock’, pero en su discografía (ojo, seis LP) no hay un único disco que sea menos que buenísimo.

Mi recuerdo matutino de David Berman, vía lo peor de los mejores, tiene que ver con una declaración que Berman hizo en el año 2009 al anunciar la disolución de la banda. Yo la leí en un post personal en un foro de su compañía discográfica [2]. Concluye diciendo lo siguiente: “I always said we would stop before we got bad. If I continue to record I might accidentally write the answer song to Shiny Happy People”. Por suerte, nunca incurrió en nada parecido, ni siquiera cuando el pasado año 2019 nos sorprendió con el precioso disco firmado bajo la nueva denominación de Purple Mountains. Lo compré nada más salir, solo unos días antes de leer la noticia de la muerte de Berman.

La idea de una ‘answer song to Shiny Happy People’ tenia seguramente para David Berman un segundo y muy afilado sentido. Por razones que en último término remiten a la enfermiza maldad de su padre, según sus propias declaraciones, pero que también pasaron por las adicciones y el drama de no conseguir superarlas, David se sentía abocado a convertirse en el autor de la canción más triste y miserable alguna vez escrita. Se resistió a hacerlo. Lo consiguió.

 

 

 

Además de un músico sobresaliente, David Berman fue un gran poeta y un divertidísmo dibujante. No tengo los derechos para reproducir ni sus escritos ni sus dibujos. Pero como lo hago con la honesta intención de que alguno se anime a hacerse legalmente con ese material, como yo lo he hecho, aquí van un par de reproducciones, con los debidos créditos y reconocimientos.

Descansa y sé feliz de una vez, David.

perropampa™

 

 


 

Strange victory, strange defeatSiver Jews
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David Berman. Actual air. Chicago: Drag City, 1999.

David Berman. The portable February . Chicago: Drag City, 2009.

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